EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
CHRISTUS VIVIT
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
A LOS JÓVENES Y A TODO EL PUEBLO DE DIOS
Capítulo segundo
Jesucristo siempre joven
22. Jesús es «joven entre los jóvenes para ser ejemplo de los jóvenes y consagrarlos al
Señor»[3]. Por eso el Sínodo dijo que «la juventud es una etapa original y estimulante de la vida,
que el propio Jesús vivió, santificándola»[4]. ¿Qué nos cuenta el Evangelio acerca de la juventud
de Jesús?
La juventud de Jesús
23. El Señor «entregó su espíritu» (Mt 27,50) en una cruz cuando tenía poco más de 30 años de
edad (cf. Lc 3,23). Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven. Dio su vida en una
etapa que hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su
misión pública y así «brilló una gran luz» (Mt 4,16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin.
Este final no era improvisado, sino que toda su juventud fue una preciosa preparación, en cada
uno de sus momentos, porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio»[5] y «toda la
vida de Cristo es misterio de Redención»[6].
24. El Evangelio no habla de la niñez de Jesús, pero sí nos narra algunos acontecimientos de su
adolescencia y juventud. Mateo sitúa este período de la juventud del Señor entre dos
acontecimientos: el regreso de su familia a Nazaret, después del tiempo de exilio, y su bautismo
en el Jordán, donde comenzó su misión pública. Las últimas imágenes de Jesús niño son las de
un pequeño refugiado en Egipto (cf. Mt 2,14-15) y posteriormente las de un repatriado en Nazaret
(cf. Mt 2,19-23). Las primeras imágenes de Jesús, joven adulto, son las que nos lo presentan en
el gentío junto al río Jordán, para hacerse bautizar por su primo Juan el Bautista, como uno más
de su pueblo (cf. Mt 3,13-17).
25. Este bautismo no era como el nuestro, que nos introduce en la vida de la gracia, sino que fue
una consagración antes de comenzar la gran misión de su vida. El Evangelio dice que su
bautismo fue motivo de la alegría y del beneplácito del Padre: «Tú eres mi Hijo amado» (Lc 3,22).
En seguida Jesús apareció lleno del Espíritu Santo y fue conducido por el Espíritu al desierto. Así
estaba preparado para salir a predicar y a hacer prodigios, para liberar y sanar (cf. Lc 4,1-14).
5
Cada joven, cuando se sienta llamado a cumplir una misión en esta tierra, está invitado a
reconocer en su interior esas mismas palabras que le dice el Padre Dios: «Tú eres mi hijo
amado».
26. Entre estos relatos, encontramos uno que muestra a Jesús en plena adolescencia. Es cuando
regresó con sus padres a Nazaret, después que ellos lo perdieron y lo encontraron en el Templo
(cf. Lc 2,41-51). Allí dice que «les estaba sujeto» (cf. Lc 2,51), porque no renegaba de su familia.
Después, Lucas agrega que Jesús «crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres»
(Lc 2,52). Es decir, estaba siendo preparado, y en ese período iba profundizando su relación con
el Padre y con los demás. San Juan Pablo II explicaba que no crecía sólo físicamente, sino que
«se dio también en Jesús un crecimiento espiritual», porque «la plenitud de gracia en Jesús era
relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la
edad»[7].
27. Con estos datos evangélicos podemos decir que, en su etapa de joven, Jesús se fue
«formando», se fue preparando para cumplir el proyecto que el Padre tenía. Su adolescencia y su
juventud lo orientaron a esa misión suprema.
28. En la adolescencia y en la juventud, su relación con el Padre era la del Hijo amado, atraído
por el Padre, crecía ocupándose de sus cosas: «¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos
de mi Padre?» (Lc 2,49). Sin embargo, no hay que pensar que Jesús fuera un adolescente
solitario o un joven ensimismado. Su relación con la gente era la de un joven que compartía toda
la vida de una familia bien integrada en el pueblo. Aprendió el trabajo de su padre y luego lo
reemplazó como carpintero. Por eso, en el Evangelio una vez se le llama «el hijo del carpintero»
(Mt 13,55) y otra vez sencillamente «el carpintero» (Mc 6,3). Este detalle muestra que era un
muchacho más de su pueblo, que se relacionaba con toda normalidad. Nadie lo miraba como un
joven raro o separado de los demás. Precisamente por esta razón, cuando Jesús salió a predicar,
la gente no se explicaba de dónde sacaba esa sabiduría: «¿No es este el hijo de José?» (Lc
4,22).
29. El hecho es que «Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con
José, sino que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y
amigos»[8]. Así entendemos por qué sus padres, cuando regresaban de la peregrinación a
Jerusalén, estaban tranquilos pensando que el jovencito de doce años (cf. Lc 2,42) caminaba
libremente entre la gente, aunque no lo vieran durante un día entero: «Creyendo que estaba en la
caravana, hicieron un día de camino» (Lc 2,44). Ciertamente, pensaban que Jesús estaba allí,
yendo y viniendo entre los demás, bromeando con otros de su edad, escuchando las narraciones
de los adultos y compartiendo las alegrías y las tristezas de la caravana. El término griego
utilizado por Lucas para la caravana de peregrinos, synodía, indica precisamente esta
“comunidad en camino” de la que forma parte la sagrada familia. Gracias a la confianza de sus
padres, Jesús se mueve libremente y aprende a caminar con todos los demás.
Su juventud nos ilumina
30. Estos aspectos de la vida de Jesús pueden resultar inspiradores para todo joven que crece y
se prepara para realizar su misión. Esto implica madurar en la relación con el Padre, en la
conciencia de ser uno más de la familia y del pueblo, y en la apertura a ser colmado por el
Espíritu y conducido a realizar la misión que Dios encomienda, la propia vocación. Nada de esto
debería ser ignorado en la pastoral juvenil, para no crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la
familia y del mundo, o que los conviertan en una minoría selecta y preservada de todo contagio.
Necesitamos más bien proyectos que los fortalezcan, los acompañen y los lancen al encuentro
con los demás, al servicio generoso, a la misión.
31. Jesús no los ilumina a ustedes, jóvenes, desde lejos o desde afuera, sino desde su propia
juventud, que comparte con ustedes. Es muy importante contemplar al Jesús joven que nos
muestran los evangelios, porque Él fue verdaderamente uno de ustedes, y en Él se pueden
reconocer muchas notas de los corazones jóvenes. Lo vemos, por ejemplo, en las siguientes
características: «Jesús tenía una confianza incondicional en el Padre, cuidó la amistad con sus
discípulos, e incluso en los momentos críticos permaneció fiel a ellos. Manifestó una profunda
compasión por los más débiles, especialmente los pobres, los enfermos, los pecadores y los
excluidos. Tuvo la valentía de enfrentarse a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo;
vivió la experiencia de sentirse incomprendido y descartado; sintió miedo del sufrimiento y
conoció la fragilidad de la pasión; dirigió su mirada al futuro abandonándose en las manos
seguras del Padre y a la fuerza del Espíritu. En Jesús todos los jóvenes pueden reconocerse»[9].
32. Por otra parte, Jesús ha resucitado y nos quiere hacer partícipes de la novedad de su
resurrección. Él es la verdadera juventud de un mundo envejecido, y también es la juventud de un
universo que espera con «dolores de parto» (Rm 8,22) ser revestido con su luz y con su vida.
Cerca de Él podemos beber del verdadero manantial, que mantiene vivos nuestros sueños,
nuestros proyectos, nuestros grandes ideales, y que nos lanza al anuncio de la vida que vale la
pena. En dos detalles curiosos del evangelio de Marcos puede advertirse el llamado a la
verdadera juventud de los resucitados. Por una parte, en la pasión del Señor aparece un joven
temeroso que intentaba seguir a Jesús pero que huyó desnudo (cf. Mc 14,51-52), un joven que no
tuvo la fuerza de arriesgarlo todo por seguir al Señor. En cambio, junto al sepulcro vacío, vemos a
un joven «vestido con una túnica blanca» (16,5) que invitaba a perder el temor y anunciaba el
gozo de la resurrección (cf. 16,6-7).
33. El Señor nos llama a encender estrellas en la noche de otros jóvenes, nos invita a mirar los
verdaderos astros, esos signos tan variados que Él nos da para que no nos quedemos quietos,
sino que imitemos al sembrador que miraba las estrellas para poder arar el campo. Dios nos
enciende estrellas para que sigamos caminando: «Las estrellas brillan alegres en sus puestos de
guardia, Él las llama y le responden» (Ba 3,34-35). Pero Cristo mismo es para nosotros la gran
luz de esperanza y de guía en nuestra noche, porque Él es «la estrella radiante de la mañana» (Ap 22,16).
La juventud de la Iglesia
34. Ser joven, más que una edad es un estado del corazón. De ahí que una institución tan antigua
como la Iglesia pueda renovarse y volver a ser joven en diversas etapas de su larguísima historia.
En realidad, en sus momentos más trágicos siente el llamado a volver a lo esencial del primer
amor. Recordando esta verdad, el Concilio Vaticano II expresaba que «rica en un largo pasado,
siempre vivo en ella y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos
últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo». En ella es posible
siempre encontrar a Cristo «el compañero y amigo de los jóvenes»[10].
Una Iglesia que se deja renovar
35. Pidamos al Señor que libere a la Iglesia de los que quieren avejentarla, esclerotizarla en el
pasado, detenerla, volverla inmóvil. También pidamos que la libere de otra tentación: creer que es
joven porque cede a todo lo que el mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su
mensaje y se mimetiza con los demás. No. Es joven cuando es ella misma, cuando recibe la
fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la
fuerza de su Espíritu cada día. Es joven cuando es capaz de volver una y otra vez a su fuente.
36. Es cierto que los miembros de la Iglesia no tenemos que ser “bichos raros”. Todos tienen que
sentirnos hermanos y cercanos, como los Apóstoles, que «gozaban de la simpatía de todo el
pueblo» (Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). Pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser
distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la
generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia
vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la
amistad social.
37. La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo porque ya no
escucha la llamada del Señor al riesgo de la fe, a darlo todo sin medir los peligros, y vuelve a
buscar falsas seguridades mundanas. Son precisamente los jóvenes quienes pueden ayudarla a
mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse, a no enorgullecerse, a no
convertirse en secta, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a
luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad. Ellos pueden aportarle a la Iglesia la
belleza de la juventud cuando estimulan la capacidad «de alegrarse con lo que comienza, de
darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas»[11].
38. Quienes ya no somos jóvenes, necesitamos ocasiones para tener cerca la voz y el estímulo
de ellos, y «la cercanía crea las condiciones para que la Iglesia sea un espacio de diálogo y
testimonio de fraternidad que fascine»[12]. Nos hace falta crear más espacios donde resuene la voz de los jóvenes: «La escucha hace posible un intercambio de dones, en un contexto de
empatía […]. Al mismo tiempo, pone las condiciones para un anuncio del Evangelio que llegue
verdaderamente al corazón, de modo incisivo y fecundo»[13].
Una Iglesia atenta a los signos de los tiempos
39. «Para muchos jóvenes Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías, en cambio son
sensibles a la figura de Jesús, cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz»[14]. Por eso
es necesario que la Iglesia no esté demasiado pendiente de sí misma sino que refleje sobre todo
a Jesucristo. Esto implica que reconozca con humildad que algunas cosas concretas deben
cambiar, y para ello necesita también recoger la visión y aun las críticas de los jóvenes.
40. En el Sínodo se reconoció «que un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas,
no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia. Algunos,
incluso, piden expresamente que se les deje en paz, ya que sienten su presencia como molesta y
hasta irritante. Esta petición con frecuencia no nace de un desprecio acrítico e impulsivo, sino que
hunde sus raíces en razones serias y comprensibles: los escándalos sexuales y económicos; la
falta de preparación de los ministros ordenados que no saben captar adecuadamente la
sensibilidad de los jóvenes; el poco cuidado en la preparación de la homilía y en la explicación de
la Palabra de Dios; el papel pasivo asignado a los jóvenes dentro de la comunidad cristiana; la
dificultad de la Iglesia para dar razón de sus posiciones doctrinales y éticas a la sociedad
contemporánea»[15].
41. Si bien hay jóvenes que disfrutan cuando ven una Iglesia que se manifiesta humildemente
segura de sus dones y también capaz de ejercer una crítica leal y fraterna, otros jóvenes
reclaman una Iglesia que escuche más, que no se la pase condenando al mundo. No quieren ver
a una Iglesia callada y tímida, pero tampoco que esté siempre en guerra por dos o tres temas que
la obsesionan. Para ser creíble ante los jóvenes, a veces necesita recuperar la humildad y
sencillamente escuchar, reconocer en lo que dicen los demás alguna luz que la ayude a descubrir
mejor el Evangelio. Una Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que
no permite que la cuestionen, pierde la juventud y se convierte en un museo. ¿Cómo podrá
acoger de esa manera los sueños de los jóvenes? Aunque tenga la verdad del Evangelio, eso no
significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que crecer siempre en la
comprensión de ese tesoro inagotable[16].
42. Por ejemplo, una Iglesia demasiado temerosa y estructurada puede ser permanentemente
crítica ante todos los discursos sobre la defensa de los derechos de las mujeres, y señalar
constantemente los riesgos y los posibles errores de esos reclamos. En cambio, una Iglesia viva
puede reaccionar prestando atención a las legítimas reivindicaciones de las mujeres que piden
más justicia e igualdad. Puede recordar la historia y reconocer una larga trama de autoritarismo
por parte de los varones, de sometimiento, de diversas formas de esclavitud, de abuso y de violencia machista. Con esta mirada será capaz de hacer suyos estos reclamos de derechos, y
dará su aporte con convicción para una mayor reciprocidad entre varones y mujeres, aunque no
esté de acuerdo con todo lo que propongan algunos grupos feministas. En esta línea, el Sínodo
quiso renovar el compromiso de la Iglesia «contra toda clase de discriminación y violencia
sexual»[17]. Esa es la reacción de una Iglesia que se mantiene joven y que se deja cuestionar e
impulsar por la sensibilidad de los jóvenes.
María, la muchacha de Nazaret
43. En el corazón de la Iglesia resplandece María. Ella es el gran modelo para una Iglesia joven,
que quiere seguir a Cristo con frescura y docilidad. Cuando era muy joven, recibió el anuncio del
ángel y no se privó de hacer preguntas (cf. Lc 1,34). Pero tenía un alma disponible y dijo: «Aquí
está la servidora del Señor» (Lc 1,38).
44. «Siempre llama la atención la fuerza del “sí” de María joven. La fuerza de ese “hágase” que le
dijo al ángel. Fue una cosa distinta a una aceptación pasiva o resignada. Fue algo distinto a un
“sí” como diciendo: bueno, vamos a probar a ver qué pasa. María no conocía esa expresión:
vamos a ver qué pasa. Era decidida, supo de qué se trataba y dijo “sí”, sin vueltas. Fue algo más,
fue algo distinto. Fue el “sí” de quien quiere comprometerse y el que quiere arriesgar, de quien
quiere apostarlo todo, sin más seguridad que la certeza de saber que era portadora de una
promesa. Y yo pregunto a cada uno de ustedes. ¿Se sienten portadores de una promesa? ¿Qué
promesa tengo en el corazón para llevar adelante? María tendría, sin dudas, una misión difícil,
pero las dificultades no eran una razón para decir “no”. Seguro que tendría complicaciones, pero
no serían las mismas complicaciones que se producen cuando la cobardía nos paraliza por no
tener todo claro o asegurado de antemano. ¡María no compró un seguro de vida! ¡María se la jugó
y por eso es fuerte, por eso es una influencer, es la influencer de Dios! El “sí” y las ganas de
servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades»[18].
45. Sin ceder a evasiones ni espejismos, «ella supo acompañar el dolor de su Hijo […] sostenerlo
en la mirada, cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del
“sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza […]. De
ella aprendemos a decir “sí” en la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican
y vuelven a comenzar»[19].
46. María era la chica de alma grande que se estremecía de alegría (cf. Lc 1,47), era la jovencita
con los ojos iluminados por el Espíritu Santo que contemplaba la vida con fe y guardaba todo en
su corazón de muchacha (cf. Lc 2,19.51). Era la inquieta, la que se pone continuamente en
camino, que cuando supo que su prima la necesitaba no pensó en sus propios proyectos, sino
que salió hacia la montaña «sin demora» (Lc 1,39)
.
47. Y si hacía falta proteger a su niño, allá iba con José a un país lejano (cf. Mt 2,13-14). Por eso permaneció junto a los discípulos reunidos en oración esperando al Espíritu Santo (cf. Hch 1,14).
Así, con su presencia, nació una Iglesia joven, con sus Apóstoles en salida para hacer nacer un
mundo nuevo (cf. Hch 2,4-11).
48. Aquella muchacha hoy es la Madre que vela por los hijos, estos hijos que caminamos por la
vida muchas veces cansados, necesitados, pero queriendo que la luz de la esperanza no se
apague. Eso es lo que queremos: que la luz de la esperanza no se apague. Nuestra Madre mira a
este pueblo peregrino, pueblo de jóvenes querido por ella, que la busca haciendo silencio en el
corazón aunque en el camino haya mucho ruido, conversaciones y distracciones. Pero ante los
ojos de la Madre sólo cabe el silencio esperanzado. Y así María ilumina de nuevo nuestra
juventud.
Jóvenes santos
49. El corazón de la Iglesia también está lleno de jóvenes santos, que entregaron su vida por
Cristo, muchos de ellos hasta el martirio. Ellos fueron preciosos reflejos de Cristo joven que brillan
para estimularnos y para sacarnos de la modorra. El Sínodo destacó que «muchos jóvenes
santos han hecho brillar los rasgos de la edad juvenil en toda su belleza y en su época fueron
verdaderos profetas de cambio; su ejemplo muestra de qué son capaces los jóvenes cuando se
abren al encuentro con Cristo»[20].
50. «A través de la santidad de los jóvenes la Iglesia puede renovar su ardor espiritual y su vigor
apostólico. El bálsamo de la santidad generada por la vida buena de tantos jóvenes puede curar
las heridas de la Iglesia y del mundo, devolviéndonos a aquella plenitud del amor al que desde
siempre hemos sido llamados: los jóvenes santos nos animan a volver a nuestro amor primero (cf.
Ap 2,4)»[21]. Hay santos que no conocieron la vida adulta, y nos dejaron el testimonio de otra
forma de vivir la juventud. Recordemos al menos a algunos de ellos, de distintos momentos de la
historia, que vivieron la santidad cada uno a su modo.
51. En el siglo III, san Sebastián era un joven capitán de la guardia pretoriana. Cuentan que
hablaba de Cristo por todas partes y trataba de convertir a sus compañeros, hasta que le
ordenaron renunciar a su fe. Como no aceptó, lanzaron sobre él una lluvia de flechas, pero
sobrevivió y siguió anunciando a Cristo sin miedo. Finalmente lo azotaron hasta matarlo.
52. San Francisco de Asís, siendo muy joven y lleno de sueños, escuchó el llamado de Jesús a
ser pobre como Él y a restaurar la Iglesia con su testimonio. Renunció a todo con alegría y es el
santo de la fraternidad universal, el hermano de todos, que alababa al Señor por sus creaturas.
Murió en 1226.
53. Santa Juana de Arco nació en 1412. Era una joven campesina que, a pesar de su corta edad,
luchó para defender a Francia de los invasores. Incomprendida por su aspecto y por su forma de vivir la fe, murió en la hoguera.
54. El beato Andrés Phû Yên era un joven vietnamita del siglo XVII. Era catequista y ayudaba a
los misioneros. Fue hecho prisionero por su fe, y debido a que no quiso renunciar a ella fue
asesinado. Murió diciendo: “Jesús”.
55. En ese mismo siglo, santa Catalina Tekakwitha, una joven laica nativa de América del Norte,
sufrió una persecución por su fe y huyó caminando más de 300 kilómetros a través de bosques
espesos. Se consagró a Dios y murió diciendo: “¡Jesús, te amo!”.
56. Santo Domingo Savio le ofrecía a María todos sus sufrimientos. Cuando san Juan Bosco le
enseñó que la santidad supone estar siempre alegres, abrió su corazón a una alegría contagiosa.
Procuraba estar cerca de sus compañeros más marginados y enfermos. Murió en 1857 a los
catorce años, diciendo: “¡Qué maravilla estoy viendo!”.
57. Santa Teresa del Niño Jesús nació en 1873. A los 15 años, atravesando muchas dificultades,
logró ingresar a un convento carmelita. Vivió el caminito de la confianza total en el amor del Señor
y se propuso alimentar con su oración el fuego del amor que mueve a la Iglesia.
58. El beato Ceferino Namuncurá era un joven argentino, hijo de un destacado cacique de los
pueblos originarios. Llegó a ser seminarista salesiano, lleno de deseos de volver a su tribu para
llevar a Jesucristo. Murió en 1905.
59. El beato Isidoro Bakanja era un laico del Congo que daba testimonio de su fe. Fue torturado
durante largo tiempo por haber propuesto el cristianismo a otros jóvenes. Murió perdonando a su
verdugo en 1909.
60. El beato Pier Giorgio Frassati, que murió en 1925, «era un joven de una alegría contagiosa,
una alegría que superaba también tantas dificultades de su vida»[22]. Decía que él intentaba
retribuir el amor de Jesús que recibía en la comunión, visitando y ayudando a los pobres.
61. El beato Marcel Callo era un joven francés que murió en 1945. En Austria fue encerrado en un
campo de concentración donde confortaba en la fe a sus compañeros de cautiverio, en medio de
duros trabajos.
62. La joven beata Chiara Badano, que murió en 1990, «experimentó cómo el dolor puede ser
transfigurado por el amor […]. La clave de su paz y alegría era la plena confianza en el Señor y la
aceptación de la enfermedad como misteriosa expresión de su voluntad para su bien y el de los
demás»[23].
63. Que ellos y también muchos jóvenes que quizás desde el silencio y el anonimato vivieron a fondo el Evangelio, intercedan por la Iglesia, para que esté llena de jóvenes alegres, valientes y
entregados que regalen al mundo nuevos testimonios de santidad.
[3] S. Ireneo, Contra las herejías, II, 22,4: PG 7, 784.
[4] Documento Final de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 60. En
adelante este documento se citará con la sigla DF. Se puede encontrar en:
http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-finalinstrumentum-xvassemblea-giovani_sp.html
65
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 515.
[6] Ibíd., 517.
[7] Catequesis (27 junio 1990), 2-3: Insegnamenti 13,1 (1990), 1680-1681.
[8] Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 182: AAS 108 (2016), 384.
[9] DF 63.
[10] Conc. Ecum. Vat. II, Mensaje a la humanidad: A los jóvenes (7 diciembre 1965): AAS 58
(1966), 18.
[11] Ibíd.
[12] DF 1.
[13] Ibíd., 8.
[14] Ibíd., 50.
[15] Ibíd., 53.
[16] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 8.
[17] DF 150.
[18] Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en
Panamá (26 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero
2019), p. 12.
[19] Oración conclusiva del Vía Crucis en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá
(25 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 8.
[20] DF 65.
[21] Ibíd., 167.
[22] S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes en Turín (13 abril 1980), 4: Insegnamenti 3,1 (1980),
905.
[23] Benedicto XVI, Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud (15 marzo 2012): AAS
66
104 (2012), 359.
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