domingo, 19 de enero de 2014

"ESTE ES MI HIJO, EL AMADO"... EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO"

 





Me imagino a Dios Padre sonriendo cuando nosotros, sus hijos, nos empeñamos en poner “puertas al campo”. Cuando intentamos acomodar LA PALABRA a nuestros intereses, cuando queremos modelar LA VIDA como si fuera nuestra.

También me le imagino preocupado, cuando ese castillo de naipes se nos cae por nuestra propia inconsistencia o por las infinitas circunstancias a las que estamos sometidos en “este valle de lágrimas”.

Mi imaginación es el espejo de mi ignorancia y por eso recreo a Dios con mis pobres parámetros de padre. ¡Y me confundo!
Solo puedo acertar con esta frase: “El AMOR del PADRE es infinito”.
Y es ahí donde busco yo consuelo cuando ando en tinieblas.

Por eso vuelvo a insistir en que el agua de nuestro manantial no es para nosotros.
Creo firmemente que cada uno, según su don,  puede ser como un canal de riego.
Un instrumento que lleva el AGUA VIVA allí donde hace falta. Que supera las dificultades embalsándose en esclusas, creciendo espiritualmente para darse más.

Soy consciente de que como contenedores de LA VERDAD hemos de dejarla correr hasta llegar a vaciarnos, sin miedo, ¡Dios proveerá!, en algunas ocasiones, porque este agua solo será útil si llega al prójimo.

Pero también soy consciente del degaste. Esas grietas que hacen que perdamos fuerza, sentido, esperanza, son el precio que pagamos cuando no nos “renovamos”. (Uso la palabra, pese al rechazo que en nosotros produce por su reiterada utilización como instrumento de corrección, porque la interpreto como renacimiento, bautismo.).

Revisemos pues, nuestras instalaciones y no tengamos pudor ante lo que el GRAN INGENIERO pida de nosotros. ¡NO TENGÁIS MIEDO! ¡ADELANTE!



LA PALABRA:
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,29-34):

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.» 
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

 


“Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.”
“Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, atiende nuestras súplicas.”
“Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz.” ¡AMÉN!


 Acoger la palabra de Dios nos solo oír. Es cambiar a mejor.
 Procuremos intentarlo.
 Feliz domingo y un abrazo. P. Alberto Busto.    
Luz de las naciones. Fijémonos por un instante en la primera Lectura de este Domingo Segundo del Tiempo Ordinario. El profeta Isaías oye este mensaje que proviene de Dios: “Es poco que seas mi siervo. Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.
            Cuando Dios se fija en uno (en ti y en mí) lo hace siempre para. No puedes contentarte con vivir. Debes vivir para.
            Cada uno de nosotros está agazapado en el poco. Aceptar la palabra de Dios significa permitir que se rompa la costra de las costumbres y de lo ya sabido, asomarse más allá del horizonte doméstico. Y es que puede existir una fidelidad literal a la palabra de Dios, que acaba matándola.
            Soy fiel a la palabra de Dios en la medida en que intento determinar  su alcance profético, cuando no la cierro, no la momifico en el campo de mi experiencia pasada, sino que me dejo provocar hacia lo que todavía no conozco, hacia lo que no terminaré nunca de explorar. “Es poco que seas…”
            No nos contenemos con las frases de siempre. No nos contentemos con “oír” misa. Sólo podemos decir que acogemos la palabra de Dios si nos sentimos a disgusto de lo “poco” que somos, de lo poco que hacemos.
            San Juan, en el Evangelio de este domingo, dice que “en aquel tiempo, al ver Juan Bautista a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. No basta decir: “Ha llegado. Está aquí, en medio de nosotros. Miradlo. Es necesario que esa presencia responda a las expectativas de alguien.
            Poco después Jesús, a los dos discípulos del Bautista que le siguen un  poco apurados, les hará un pregunta fundamental: “¿Qué buscáis?” El Dios que viene a buscar a los hombres se deja encontrar solamente por quienes lo buscan y saben precisar por qué le buscan.
            Una dimensión fundamental de nuestra existencia  de cristianos  está caracterizada por esta postura de búsqueda. El creyente debería ser esencialmente un “buscador de Dios”. Por otra parte es imposible parar a uno que intenta sólo buscar a Dios.
            Y no hace un drama si incluso se le impide el acceso a los grandes y cómodos caminos. Para él va muy bien un sendero, aunque sea escabroso y solitario. Y si se le obliga a la inactividad, él continúa impertérrito en su busca. Y se siente hasta contento si se le cortan las provisiones, si le reducen los medios.
 Y si le meten en la cárcel con la intención de “arrestarlo” definitivamente, para él esos dos metros cuadrados son el espacio ideal para llevar adelante su búsqueda.  
Estos hombres y mujeres buscadores de Dios tampoco son perfectos. El Dios que investigan es el Dios revelado por Jesucristo. El Dios que ha venido a buscar a los pecadores, no a los justos.

      Al término de su investigación saben que encuentran al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Y ellos no los buscan para echarle encima los pecados de los otros. Le entregan los propios. Así, aligerados, podrán proseguir más cómodos en su investigación. Porque un verdadero investigador de Dios jamás se convierte en poseedor. Es alguien que, después de haber encontrado, se pone de nuevo a buscar. Es nuestra obligación de momento. Poseerlo, y para siempre, será mañana.   

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